Pasamos 15 horas en el quirófano.

Quince horas de concentración absoluta, donde cada movimiento contaba.
El paciente llegó en un estado muy delicado:
con el corazón debilitado, jadeando y con la esperanza desvaneciéndose lentamente.

Aun así, no nos rendimos.

En el quirófano, el tiempo parecía detenerse.
No había distracciones, ni mundo exterior;
solo un equipo unido por una única misión: salvar vidas.

Trabajamos con precisión, paciencia y una atención inquebrantable.
Cada gesto tenía significado.
Cada palabra tenía peso.
Siguió un silencio largo y profundo,
de esos en los que todos contienen la respiración,
plenamente conscientes de que una sola decisión podía cambiarlo todo.

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